Tepic, Nayarit, jueves 20 de febrero de 2020

Las reformas y el miedo al cambio

Carlos Fránquez

03 de octubre de 2013

Una reforma es un cambio de menor calada que una revolución. Existen reformas pequeñas, reformas a secas y grandes reformas. Se puede hablar incluso de contrarreformas, son reformas que buscan nulificar los efectos de otras reformas. Es en ese marco que se habla de gatopardismo que consiste en cambiar todo y, así, pues no cambia nada.

De lo anterior se deduce, entonces, que las reformas, para que lo sean, han de ser parciales. Es decir, modificar sólo una o unas partes del todo.

También hay reformas de fondo y reformas de forma. En política, dijo un intelectual mexicano, la forma es fondo. De lo anterior se deduce, entonces que, en política, todas las reformas son de fondo. Así, quien interprete desde la perspectiva política la reforma educativa recién aprobada encontrará la intención clara del gobierno federal de recuperar la rectoría de la educación nacional ahora en manos del sindicato en materia política y laboral  y, de los gobiernos de los estados, en materia económica –se sabe del manejo discrecional de estos recursos por parte de muchos gobernadores--. La preocupación pedagógico-académica es el argumento que da  forma y  sustento discursivo a la reforma.

Los opositores a las reformas, los que se siente afectados por ellas, por ejemplo, los que más tienen y que habrán de pagar más impuestos, según la reforma hacendaria, han reaccionado y  han sabido explotar, en favor a su resistencia, el sistema de fuerza que aferra al individuo a la seguridad y a la posición defensiva natural que se genera por miedo al cambio. Las fuerzas que inclinan al sujeto hacia el retroceso, las que lo fijan al pasado. Las que lo asustan del desarrollo que lo aleja del útero y el pecho materno. De lo que lo asusta de correr riesgos, temeroso de arriesgar lo que ya posee, asustado de la independencia, la libertad y la separación. Asumen pues, los personeros de la oposición a las reformas, el papel de padres protectores que se posicionan entre el individuo “bueno” y el estado “malo”.

Con su política de meter miedo, los opositores impiden el desarrollo del individuo hacia el reconocimiento de su propia independencia para tomar decisiones, para analizar por sí mismo una información que podría reclamar y con ella poner en juego todas sus capacidades, hacia la confianza propia frente al mundo exterior (en el miedo, es mejor encerrarse en el nacionalismo, que es el útero materno ampliado) al tiempo que se reconoce y surge él, en plenitud, en toda su complejidad.

Son mexicanos así los que hoy día se necesitan para empujar las reformas, dispuestos a correr riesgos, a aceptar la realidad de la globalización. Individuos dispuestos a reconocer que somos parte de un continente y no una isla. Individuos que sepan que por sí solos puedan proponer reformas diferentes o apoyar las que se proponen con modificaciones, por ejemplo, donde se respete el derecho a la vida sindical. O donde el recaudador se comprometa a informar sobre el destino de los nuevos ingresos que, sin lugar a dudas deberán orientarse con un claro sentido de justicia social.

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