Tepic, Nayarit, viernes 21 de febrero de 2020

En Nayarit, periodistas mueren ‘acribillados’ por la “chupaleta”

Oscar González Bonilla

14 de febrero de 2014

¡En Nayarit estamos en Jauja!, fue la referencia del reportero de mediana experiencia sobre el tema de los periodistas asesinados en otras latitudes del país.


¡Claro que estamos en Jauja!, porque mi memoria no me permite recordar que en Nayarit haya ocurrido desde hace muchos años el crimen de periodista alguno, derivado del libre ejercicio de su profesión.

Quizá el gobierno de Gilberto Flores Muñoz (1946-1951) haya desplegado la fuerza del poder contra aquellos hombres de la pluma que resultaban incómodos. En la versión de mis mayores El Mirador del Águila, profundo barranco al lado de la carretera a San Blas, es el famoso sitio donde en aquella época se hacia el tiradero de cuerpos.

Amenazas que no han llegado ser más que eso, casi siempre venidas de servidores públicos molestos con lo publicado, fueron recibidas comúnmente por reporteros que antaño ejercieron el periodismo socialmente comprometido, pero además con la verdad. De esa especie en la época actual existen raros ejemplares.

Recuerdo a Zeferino Sandoval Lara, reportero estrella del periódico Diario del Pacífico, en los años setentas era reprimido por el funcionario o el político al negarle información, cerrarle puertas para evitar su acceso a reuniones, incluso fue salvajemente golpeado por porros de la Universidad de Nayarit, entre otras bajezas. Su estilo de informar, de escribir con estricto apego a la verdad, con ética y moral, principios bien cimentados en el periodista, enardecía a muchos.

Pero el asunto nunca pasó a mayores, muy a pesar de la mano dura del gobierno del, en ese entonces, Coronel Rogelio Flores Curiel (1976-1981), quien en la Procuraduría General de Justicia tuvo al también despiadado Jesús Antonio Sam López, personaje de negra historia que era su costumbre exigir a anunciantes, casi siempre comerciantes y prestadores de servicios, retirar publicidad del periódico que el funcionario pretendía reprimir.

Una medida represiva de más proximidad, ocurrió durante el gobierno de Antonio Echevarría Domínguez (1999-2005) en contra de Edgar Rafael Arellano Ontiveros, director general y propietario del diario Express de Nayarit. Sufrió cárcel por más de siete meses, luego que el gobierno lo encontró presunto responsable en posesión de un supuesto carro robado. Más bien se trató de una venganza, el gobernador se cobró de tal manera la afrenta propalada por “El Pipiripau” (así motejado el periodista) hacia familiares de Echevarría con ironía hiriente y mordaz, muy al estilo del autor de la columna Que me siga la tambora.

Actitudes de intolerancia ha tenido el actual gobierno de Roberto Sandoval cuando por su injerencia fueron despedidos, también del periódico Express, los periodistas Armando Fránquez Villaseñor y Omar G. Nieves. Ha habido otras escaramuzas contra la libertad de expresión donde han sido afectadas las comunicadoras Arcelia García Ortega, Libni Tapia y Adriana Guerrero. Pero estas son nimiedades comparadas a las sucesivas muertes con violencia de más de una docena de periodistas en el Estado de Veracruz, la última víctima Gregorio Jiménez de la Cruz.

El reportero de mediana experiencia también comentó la escasa capacidad de los actuales periodistas representantes de los diversos medios de comunicación. Argumentó que en la práctica reporteril hace falta una persona de experiencia que los oriente, que los guíe por el camino de eficientar su trabajo, que satisfaga las necesidades de información del lector o de audiencia en radio y televisión.

Pero la sumisión empresarial del periodismo a los intereses del poder provoca distorsión en la formación práctica del reportero, quien deberá plegarse a recoger información con base en la conveniencia del medio para el que trabaja. Son precisamente los propietarios o directores de los medios escritos o electrónicos, atados a los intereses creados, los que impiden el desarrollo periodístico del reportero.

Hoy hay desapego a la letra fiel de los sucesos de la entidad para ceñirse a la información oficialera. Los diarios no solamente uniforman titulares de primera plana al gusto del gobierno de la gente, sino muchos en Nayarit se dan el lujo de aparecer a la opinión pública sin tener en nómina un solo reportero. Es decir, se deja de lado la razón primigenia del medio de comunicación: satisfacer necesidades de información, para dar paso a los intereses pecuniarios. Por tanto, los medios escritos sin lectores pierden su influencia social.

Lo anterior nos hace reflexionar que en Nayarit no se practica periodismo de investigación. La propia Anabel Hernández ha dicho que el periodista de investigación es una especie en peligro de extinción. Por tanto los reporteros nuestros no corren ningún riesgo, ejercen el oficio en gregarismo, entrevista banquetera, conferencia o bien desde la mesa de un restaurante o el escritorio.

Pero no es mi interés que los reporteros nuestros asuman riesgos en el ejercicio de la profesión, pero tampoco que desplieguen actitudes valientes frente a los poderes (políticos, empresariales, militares, religiosos o sociales) que pudieran llevarlos a la confrontación para sufrir un desaguisado o finalmente la pérdida de la vida. No, eso no, mejor que sigan con la pasividad hasta hoy demostrada. Hay temor a la pérdida de canonjías.

Carmen Aristegui ha dicho que La violencia contra periodistas acota y aniquila la libertad de expresión, porque un comunicador asesinado es un derecho fundamental liquidado, tomando en cuenta que el periodismo es la manifestación suprema de la libertad de expresión.

En suma, durante los últimos 50 años en Nayarit ni un solo periodista ha sido asesinado ni desaparecido por razones de su actividad, más bien como dijera el doctor Lucas Vallarta Robles: “la mayoría de los periodistas mueren por la chupaleta”, es decir las consecuencias por la ingesta de alcohol los avasallan hasta el exterminio.


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