Tepic, Nayarit, martes 20 de agosto de 2019

Es personal

Ulises Rodríguez

09 de Enero de 2016

-Dice fulana que escribes con coraje, como si se tratara de un asunto personal, que da la impresión de que te hubieran hecho algo- me dijo hace algunos días un amigo, a propósito de una conversación con otra amiga en común, con quien hace algunas semanas tuve un pequeño debate en facebook.

-Pues sí lo es, a decir verdad, sí se trata de un asunto personal. Se están acabando a Nayarit y yo soy nayarita- le respondí a mi amigo.

En anteriores colaboraciones para este y otros portales, he abordado las situaciones que durante mi infancia me fueron encaminando a tener como principal objetivo de mi vida el anhelo de participar en un proceso que cambie la historia de Nayarit positivamente. Conforme fui adquiriendo el uso de razón, por las pláticas familiares de sobre mesa descubría que términos como “corrupción” e “injusticia” eran cosas malas. No entendía el término a cabalidad, pero sí sabía muy bien el dolor que causaban sus consecuencias. Creo que la corrupción es un cáncer que lleva años haciendo metástasis en el cuerpo de nuestro estado, a grado tal de que hoy vemos no sólo a la corrupción sino a los corruptos, con una naturalidad que debiera resultarnos hiriente. Es tanta la familiaridad que ese mal nos causa que un gran número de nayaritas no sólo festejó la desfachatez del político que declaró haber “robado poquito, una rasuradita” sino que hasta le volvieron a dar su confianza para hacerlo presidente municipal y ahora lo promueven hasta para gobernador. Extraña naturaleza humana es la nuestra, donde muchos lamen la bota de quien los patea.

No me gusta pensar que estaremos condenados para siempre a la pobreza y a la marginación. Mi abuelo, Fermín López Medina, un campesino trabajador que nació en Jesús María, municipio del Nayar, creció en Puga y finalmente se asentó en Aután, ejido de San Blas, trabajó por décadas sus tierras para obtener apenas lo necesario para sostener a su familia y cumplir con las obligaciones con sus trabajadores. Fue un hombre honesto, pagador, de palabra, valiente que amaba tanto la tierra que aún a días del desenlace de su vida, cuando ya su corazón enfermo latía cada vez con mayor cansancio, su único deseo era volver a su casa del rancho para trabajar la tierra una vez más. Fue mi abuelo de esos hombres que se enorgullecían de ser campesinos cuando la agricultura era la principal actividad económica de nuestro estado y un pilar en la economía de México. Hoy, cuando veo a un líder del sector campesino en el país que es de origen nayarita, que jamás ha tenido que labrar un surco en la tierra y que viste con sombrero y pañuelo alrededor del cuello para generar empatía entre quienes los usan para trabajar y no para lucirlos nada más, me pregunto ¿qué pensaría mi abuelo al respecto?

Sobre el mismo tema. No puedo evitar un dejo de nostalgia cada vez que, recorriendo la carretera rumbo a Aután observo de un lado las tierras que por tantos años y con tanto esfuerzo trabajaron mi abuelito y mis tías, abandonadas, produciendo cada vez menos y siendo sólo el eco que retumba en un pueblo fantasma que alguna vez formó parte de la llamada “Costa de Oro”… mientras que al otro lado de la carretera, justo en frente, se observa el rancho “El ensueño”, propiedad del gobernador y donde la opulencia encuentra su mejor refugio en esa región, teniendo cualesquiera de los caballos allí resguardados una calidad de vida mucho mejor que la de los habitantes de Aután y acaso que la de todos los nayaritas. Me emociona pensar que más temprano que tarde, el campo nayarita volverá a ser el sostén de nuestra economía y no sólo el mejor pretexto de contadores venidos a campesinos que buscan escalar políticamente.

Es personal porque no quiero ver a los hijos de mis amigos -especialmente a ese par de chiquillos que a últimas fechas se ganaron mi corazón-, todos muy niños aún, viviendo en un Nayarit que les niegue oportunidades o en donde sea más fácil ser narcotraficante que profesionista. No quiero heredarles, como estoy seguro que ningún nayarita bien nacido quiere, un estado donde se les tenga más temor a las autoridades que a los delincuentes y en donde prevalezca y cada vez más enraizada la práctica de la corrupción. Quisiera para ellos y para todas las generaciones venideras, un Nayarit que les ofrezca la oportunidad de tener el piso parejo para desarrollarse en lo que ellos quieran, que no vean limitado su futuro ni truncadas sus oportunidades, que no tengan miedo de que algo les pueda pasar, que sean plenamente libres.

Es personal porque no quiero que lleguen al poder hombres que no lo merezcan. Hay quienes ahora hablan de los problemas económicos del estado y argumentan que “hay que hacer política de la buena”, sin embargo, es un término que no les queda usar. Su desempeño en cada una de los cargos que ha ostentado ha sido sumamente mediocre y quien hoy se queja de “los políticos fantoches”, ayer defendía desde el senado a su cuñado gobernador –el más fantoche de los políticos-. Me aterra pensar que nuevamente volverán a Nayarit las olas rojas de sangre que hubo hasta hace unos años, concertadas por el mismo personaje que cual monstruo mitológico, no deberíamos ni siquiera invocar, debemos dejarlo que se quede en su inframundo de la Mololoa que ya fue mucho el daño que hizo.

¿Escribo con coraje? No lo sé… pienso más bien que con un poco de impotencia. La impotencia de quien cree que Nayarit tiene mucho potencial, pero que unos cuantos lo han asumido como su feudo particular, medrando con la marginación del pueblo y privilegiando frivolidades absurdas.

-Oye, Dice fulana que te ganó el debate, que si me fijé que ya no le respondiste y es verdad, noté ese detalle y se me hizo raro pues argumentos te sobraban- continuó la charla con mi amigo.

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