Tepic, Nayarit, viernes 22 de noviembre de 2019

Combatir el desaliento del presidente

Manuel Aguilera Gómez

01 de noviembre de 2016

“Ningún presidente se levanta por la mañana pensando cómo joder a México” expresó el presidente Peña Nieto la semana pasada en un foro organizado por el Grupo Interacciones-Bloomberg en una larga exposición sobre las decisiones tomadas por su administración. Calificada como impropia del mensaje de un jefe de Estado, la expresión fue interpretada como un acto reflejo de su decaído estado de ánimo, de abatimiento de su fortaleza personal, de su desesperanza, En amplios sectores de la sociedad mexicana se alude en forma reiterada a la fatiga política del Jefe del Estado mexicano, al irrefrenable declive de su aceptación política, a la declinante capacidad para ejercer con prudente energía su mandato; un jefe de Estado sostenido gracias a la fortaleza de las instituciones, situación que inevitablemente se traducirá en la inminente derrota del partido gobernante en las elecciones a celebrarse dentro de 17 meses. ¿Es una sentencia anticipada? ¿Una perspectiva inevitable, imposible de revertir? ¿Los errores gubernamentales son irremisibles?

Es muy difícil rebatir esta percepción social tan extendida pero me brinda la oportunidad de compartir con los lectores una situación análoga. A finales del mes de agosto de 1982, dos o tres días anteriores a la fecha (1 de septiembre) en la que el presidente daría lectura a su último informe de gobierno ante el Congreso de la Unión, fui citado a las oficinas presidenciales en Los Pinos para asistir a una reunión sobre el sector agrícola. Conservo en mi memoria la presencia del Presidente López Portillo. Esperaba encontrar a un presidente agobiado por la critica situación del país a causa de una crisis devaluatoria y la fuga de capitales sin aparente control. Contrariamente a mis conjeturas, quedé  sorprendido al ver a una persona afable, serena, segura. Mi desconcierto fue tan fuerte que me atreví –en mi interior- a calificar de frívola su conducta.

Días después, acudió al Palacio Legislativo a rendir su Informe en un clima claramente desfavorable entre legisladores recién electos, en su mayoría beneficiados con la confianza política de Miguel de la Madrid, el presidente entrante. Al ingresar al recinto, encontró un clima político frío, indiferente, displicente entre los diputados y senadores presentes quienes le rindieron un brevísimo, desdeñoso aplauso de cortesía.

Comenzó la lectura del Informe en medio de una absoluta indiferencia. Los legisladoras estaban totalmente desinteresados en escuchar explicaciones y justificaciones de una realidad irritante, máxime cuando dos años antes en ese recinto se había escuchado  el compromiso gubernamental de “administrar la abundancia”  gestada por la desbordante explotación petrolera. López Portillo recuerda que “…la lectura del Informe, para mí, fue especialmente dura, desconcertante. Un ambiente helado, casi hostil, que se resistía al apoyo, al aplauso como se fuera una consigna”. Leía en su Informe: “No vengo  aquí a vender paraísos perdidos ni a buscar indulgencias históricas… Con toda honestidad intelectual, vengo a cumplir un compromiso intelectual: decir la verdad, la mía. Es mi obligación pero también mi derecho… No hemos pecado ni como gobierno ni como país y no tenemos por qué hacer actos de contrición.”  Empero, su indudable elocuencia no despertaba entusiasmo entre los legisladores hasta que, al final de su Informe dio cuenta de dos decisiones trascendentales: la expropiación a favor de la Nación de los bancos comerciales privados y la implantación del control de cambios. La respuesta de los legisladores fue el enardecimiento, la fogosidad, la algarabía, contrastante con tres o cuatro palmoteos insípidos del futuro Presidente, testimoniales de su rechazo a las medidas anunciadas.

A lo largo de las semanas siguientes, la algarabía inundó la Plaza de la Constitución, las plazuelas de todo el país. El ánimo social dio un giro de 180 grados. Fue una explosión popular espontanea, renuente a acatar las pautas de la dirigencia del partido gobernante donde “aplaudir las medidas populistas era políticamente incorrecto”. La Banca Nacionalizada perduró a lo largo de casi diez años, sin escándalos de corrupción en contraste con los fraudes de la banca paralela (banca de inversión) alentada por las autoridades hacendarias.

Por el bien del país, confío en que el presidente Peña combata su desaliento y se deslinde de las sugerencias de nefastos colaboradores financiero-neoliberales. En su lugar acuda a las lecciones de la Historia, fuente inacabable de sabiduría.

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