Tepic, Nayarit, martes 18 de diciembre de 2018

Doña Hilda Bonilla Guerrero

Oscar González Bonilla

23 de Febrero de 2018

Mi madre Hilda Bonilla Guerrero cumplió este viernes 23 de febrero cuatro años de haber fallecido víctima de añejos males, en su domicilio particular de la calle 5 de Mayo, colonia San José (adyacente a la Mololoa) en Tepic.

Por esas extrañas razones de la vida, mi madre nació en Mazatlán, Sinaloa, donde dizque su padre Aarón Bonilla se desempeñaba como elemento del Ejército Mexicano. Su madre fue María de Jesús Guerrero Andrade, familia que cuando la niña Hilda tenía dos años de edad se aposentó en Tepic. Mucho tiempo vivieron por la calle León al sur entre Abasolo y Mina. Don Aarón sirvió como chofer al entonces acaudalado Pablo Anaya, mientras que doña Chuy se dedicaba a la venta de tortillas hechas a mano por ella y sus hijas.

Recuerdo que mi madre me platicaba que estuvo en la escuela primaria Francisco I. Madero, relativamente cerca a su casa, que tenía como directora a la inolvidable maestra Ramona Ceceña. A la salida de clases, al intentar liberarse aunque sea instantes del impositivo mandato de doña Chuy, se entretenía en columpio y resbaladero en el nombrado Jardín de la Madre (no tengo seguridad si en aquel tiempo se conocía como Azcona). Pero su madre, además del regaño, le exigía que no se trepara a esos artefactos infantiles porque al pasearse se le veían los calzones. Doña Hilda se atacaba de la risa, cuando ello me comentaba.

Seguro agobiada por la pobreza, porque difícil era para los padres la manutención de ocho hijos -cuatro mujeres y cuatro hombres-, siendo menor de edad decide unirse en matrimonio con Donaciano González González, para entonces músico ya de renombre, le decían Shanghái, baterista, entre otras, de orquesta La Moderna. Lo que no sé es cómo fue el encuentro afectivo que del noviazgo pasó a la unión. Pero seguro no se “juyó” como su hermana Inés, quien lo hizo trepada en la parrilla de la bicicleta que conducía el novio Raúl Medina, conocido en el ambiente de las cantinas (fue propietario de algunas) como “El Caperuzo”. Este tuvo que pedalear con fuerza para evitar que los alcanzara su cuñado Guillermo, quien a toda velocidad corría tras de ellos, pero no logró impedir la hazaña.

Nací cuando mi madre Hilda Bonilla Guerrero apenas sí rebasaba los 18 años de edad, mientras que mi padre más allá de los 24. En broma comento a mis amigos que nací con toda la leche adentro, con toda energía y fuerza de la pareja. Imposible, creía yo, que naciera con síndrome de Down. Pero un médico amigo me sacó del error, pues me dijo que mi argumento no es válido. Ello no es suficiente para evitar la deficiencia mental y física.

Vine al mundo en casa que en Tepic se ubica (hoy remodelada) por la calle Amado Nervo (en ese tiempo Juárez) entre Querétaro y La Paz, en el mero centro de la ciudad. El alumbramiento se hizo al lado de la cantina que mi madre me dijo se llamaba Arriba y Abajo, sin embargo hay quienes dicen que era Abajo y Abajo. Ahora razono el por qué es tanto mi gusto por la chupaleta. Allí se desarrolló parte de mi infancia, siempre al estrecho cuidado de mi madre, también mimado por mi tía Cuca y mi abuela Juanita, hermana y madre de mi papá, con las que vivimos en comunidad.

Al pasar el tiempo nos mudamos todos a casa de la colonia San José, Cinco de Mayo 34 norte, inmueble que compró mi tía Cuca, dedicada al abarrote. Luego mi padre adquirió la finca de al lado (número 36). Para contribuir al gasto familiar, mi madre se dedicó con intensidad a la aplicación de inyecciones intramusculares, aprendizaje que adquirió en el centro de artes y oficios que en la Mololoa se conoció como 47. También dedicó su esfuerzo a la venta de medicamentos, incluso viajaba a pueblos de la sierra de Nayarit.

Cuando llegué a la edad de cursar la Preparatoria me inscribí para ingresar a la Uno de la Universidad de Nayarit, pero fui objeto del acto salvaje de raparme la cabeza por parte de estudiantes de grados superiores, acción que realizaban a los de nuevo ingreso para escarnio y burla de todos. Ello provocó que desistiera a seguir estudiando, pero ante mi negativa mi padre decidió enviarme al poblado La Labor, municipio de Santa María del Oro, para trabajar en las duras tareas del campo al lado de integrantes de la familia Zamora, parientes de él.

Antes de cumplir un año en el lugar, la tesonera de mi madre exigió me regresara porque tenía conocimiento que se abriría Preparatoria particular, auspiciada por la masonería que tenía como Gran Maestro a don Antonio Meza, propietario de la mercería La Mariposa. Por la ordenanza de doña Hilda ingresé a la Preparatoria Del Nayar, donde pagaba colegiatura mensual de 50 pesos. Hice la prepa de tres años, siempre observado por aquella enérgica mujer.

Ella fue determinante en la formación de sus cinco hijos: Oscar, Josefina, Roberto Efraín, Juan Gonzalo y César Donaciano. Ni que decir el amor que nos prodigó a cada uno, tampoco está en duda que siempre procuró lo mejor, en cualesquiera de los sentidos humanos, para nuestro desarrollo como personas de bien.

No le sigo, porque en la soledad de mi casa cuando hago esta redacción, viendo el retrato de mi hermosa madre y escuchando canciones del trío Los Panchos, que a ella tanto le gustaban, no pude soltar el llanto cuando su recuerdo vino a mi mente. Durante minutos lloré con ganas, como nunca lo había hecho.

A lo mejor de tal forma como lo decía mi amigo Tito (Héctor Andrés Martínez Estrada) ya muerto, que trabajó en Radio Comerciales del Pacífico (hoy Radiorama, de la calle Puebla): “A lágrima, moco y pedo”. Lágrimas sí, los mocos hasta los dejé embarrados en cable de los audífonos, pero lo demás no.

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