Tepic, Nayarit, domingo 27 de setiembre de 2020

El relato de un adiós

Sergio Mejía Cano

19 de Marzo de 2018

Recuerdo un relato que leí en una revista de Selecciones hace mucho tiempo.

Resulta que un niño que vivía cerca de la vía férrea, al salir de clases su mayor diversión era ir a ver pasar los trenes, pero se sentía triste porque cuando pasaban los de pasajeros, a pesar de que él casi se desbarataba diciendo adiós nadie de los que viajaban le respondían, por lo que siempre llegaba triste y cabizbajo a su casa.

Cierto día su papá, al notarlo tan triste le preguntó qué le pasaba, a lo que el niño le respondió que él siempre decía adiós a los pasajeros pero que nadie respondía a su señal de buen viaje. El papá al ver la tristeza de su retoño, ideó un plan para tratar de satisfacerlo, así que cierto día que le tocó descanso de su trabajo viajó hasta la estación más cercana a esperar el tren de pasajeros. Como el tren que debía abordar, que era el que pasaba por la vía cerca de su casa pasaría hasta el día siguiente no tuvo más remedio que tener que hospedarse en el único hotel de la población, que por cierto era muy pequeña. Así que cuando llegó a solicitar una habitación, le dijeron que ya no había, pero que como era frecuente que ahí pernoctaran algunos trabajadores de una mina cercana, se habían dispuesto habitaciones compartidas y que si quería pasar ahí la noche tenía que compartir la habitación con alguien más. El papá del niño que le gustaba mirar pasar los trenes aceptó hospedarse en la habitación compartida,

Cuando entró a la habitación ahí estaba un hombre calvo y mal encarado que apenas respondió a su saludo con un gruñido; pero con el fin de suavizar la situación, el papá comenzó a platicarle al individuo gruñón a qué había ido a ese pueblo, así que le dijo que su hijo se ponía triste porque nadie le respondía a su saludo de adiós al estar mirando pasar el tren. El hombre malhumorado no le respondió más que un seco "cada quien", y sin decir buenas noches se tumbó en la cama y dándole la espalda al papá del niño se puso a roncar de inmediato.

Al día siguiente, el papá se despertó sobresaltado y al mirar la hora en su reloj, vio con horror que se había quedado dormido por lo que perdió el tren; y como era de escasos recursos y además tenía que ir a trabajar al día siguiente ya no pudo quedarse otro día más para abordar el tren y al pasar este por donde se apostaba su hijo a decir adiós a los pasajeros, responder a ese saludo y así hacer feliz a su hijo y que no perdiera la fe en que alguien algún día tendría que responder su saludo de adiós. Con mucha tristeza llegó a su hogar y grande fue su sorpresa cuando vio que su hijo corría hacia él gritando alegremente que por fin alguien le había hecho caso y le había respondido su saludo. El papá también se puso feliz al ver la alegría de su hijo y entonces le preguntó si había sido una muchacha la que le había contestado el saludo, a lo que el chico le dijo que no, que había sido un hombre calvo el que no dejó de saludarlo hasta que se perdió de vista.

Así que cuando vayan pasando por alguna población o un crucero público a nivel, así viajen en tren, autobús o vehículo particular, sería bueno que respondieran a todas las señales de adiós, sobre todo cuando las envían los niños. A mí me tocó tener que contarle este relato a un maquinista que no le gustaba responder a los saludos de la gente que esperaba que pasara el tren y que nos decía adiós con las manos. Este maquinista afirmaba que para qué y, después de que le conté este relato ya contestaba todos los saludos, incluso hasta con dos silbatazos cortos "cui-cuiu". Y oh, sorpresa, después me dijo que al responder a los adioses se sentía muy bien, muy alivianado...

Por cierto, ahí mismo venía un estudio que se había hecho en un laboratorio de los USA referente a qué sonidos eran más gratos al oído humano, habiendo determinado que  son seis los sonidos más gratos en la actualidad: el llanto de un bebé recién nacido, el romper de las olas en el Mar, el correr del agua en un arroyo o río, el trino de las aves canoras, el sonido del viento suave y el sonido del silbato de un tren a la madrugada en la lejanía.

Para evitar accidentes en los cruceros públicos a nivel con las vías férreas, quienes van conduciendo un vehículo automotriz, en vez de querer ganarle el paso al tren, mejor deténganse a mirar su paso, es más entretenido que ir a parar a un hospital , a una funeraria o quedar inválido por el resto de sus días. No se pierden más de cinco minutos. Y diciendo adiós a los viajeros siempre es mejor.

Sea pues. Vale.

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