Tepic, Nayarit, viernes 22 de junio de 2018

Un favor mutuo

Sergio Mejia Cano

07 de Junio de 2018

Una de las recientes noticias más sonadas en los medios fue la reunión del candidato a la Presidencia de la República por el Partido Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) con parte de la cúpula empresarial del país, en donde se dice que se limaron asperezas y se aclararon varios puntos respecto a la relación que habría en caso de que el candidato de Morena se alzara con el triunfo.

Sin embargo, anteriormente se había documentado que varios empresarios habían tratado de influir en sus empleados y trabajadores para que razonaran su voto y advirtiéndoles sobre el populismo. Desde luego que esta expresión sobre el populismo llevaba destinatario; pero de ahí no pasó la cosa más que una llamada de atención de parte del Instituto Nacional Electoral (INE) hacia los empresarios advirtiéndoles que el voto no puede ser coaccionado de tal manera.

Se ha documentado que en otras ocasiones en tiempos electorales esta situación ya se había presentado. Pareciera poca cosa esto de que los patrones traten de influir en sus trabajadores porque en realidad el voto el libre y secreto, y por más presiones que pudiera ejercer un patrón sobre sus empleados pocos resultados positivos podría obtener a menos que hubiera un sistema o mecanismo para que el empleado o trabajado pudiera demostrarle a su empleador o patrón que acató sus instrucciones, porque como se dice comúnmente: para todo hay maña.

Pero podría no ser poca cosa si se piensa bien al respecto; no tanto así por la influencia que podría tener el patrón sobre sus trabajadores, sino la percepción que tiene cierto sector de los empresarios sobre sus trabajadores, pues al tratar de influir en su decisión del voto, pareciera que más bien los consideran no sus trabajadores, sino sus súbditos, quienes tienen que obedecer al patrón a como dé lugar porque gracias a él, tienen trabajo.

Eso de que un patrón se sienta con ese derecho de que en todo le tienen que hacer caso sus trabajadores pues como que no va. En cuestiones del trabajo está bien que dicte instrucciones y distribuya labores para todos y cada uno de sus empleados; pero eso de tratar de meterse en su mente para inducirle al trabajador cómo y por quién tendrá que votar, es de lo más bajo y vil de una persona, pues de entrada está desvalorando el pensamiento y las ideas de su trabajador tratándolo casi como a un deficiente mental, como una persona que no cuenta con decisión propia y que tendrá qué hacer lo que se le ordena no nada más dentro del trabajo en sí, sino hasta en su vida privada, todo por el hecho de que muchos de esta clase de patrones o empleadores sienten que le están haciendo un favor a quien le dan trabajo, siendo que está demostrado que es un favor mutuo el que se hace cada quien y no un favor unilateral.

Desde siempre se ha dicho que qué haría la gente si no hubiera inversionistas que generan empleo; sin embargo, también se ha dicho al unísono que qué harían los inversionistas si nadie les quisiera trabajar; ¿a verdad? Obviamente que es un favor mutuo aunque una de las partes por lo regular es la que más se aprovecha debido a la necesidad que tiene la otra parte de trabajar y acepta lo que le den a cambio de vender su fuerza de trabajo que, a fin de cuentas es con lo único que cuenta la población: su fuerza de trabajo que tiene que malbaratar porque no hay quien lo proteja para que prácticamente casi no la regale.

Todavía hasta los años 60 del siglo pasado, había voces de luchadores sociales que ponían énfasis en que el pueblo debería de ser quien le pusiera precio a la venta de su fuerza de trabajo, que fuera la clase trabajadora quien le dijera a la patronal que sí le trabajaba pero que le costaría tanto; sin embargo, la politización entre gran parte de la clase trabajadora se fue degradando a tal paso que en vez de ofertar su fuerza de trabajo, la comenzó a malbaratar con el consabido de peor es nada, además de la advertencia patronal de: “si quieres, si no, hay mucha mano de obra de dónde despacharse”.

Pensando utópicamente, ¿qué pasaría en caso de que la clase trabajadora se pusiera sus moños y le dijera a la clase patronal que no le trabajaría a menos que le pagara salarios constitucionales? ¿Quién saldría perdiendo más entre ambas partes? Obviamente que los inversionistas, porque si no hay quien les trabaje sus empresas no ganan; y los trabajadores así no haya fábricas, industrias o toda clase de negocio en donde laborar, es seguro que de hambre no se moriría, a como diera lugar subsistiría.

Sea pues. Vale.

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