Tepic, Nayarit, lunes 10 de diciembre de 2018

Sublime actriz

Oscar González Bonilla

30 de Octubre de 2018

Creí que en sus venas entró, como cualesquier otra sustancia, el gusto por las artes escénicas cuando Martha Hernández Drewien casó con Octavio Campa Bonilla, pero no fue así. Siendo niña le atraía mucho jugar con sus amigas vecinas “a los artistas”, era entonces la primigenia vocación teatral.

Ella convencida expresa que “más bien por mi interés en el teatro, en las artes, fue como me encontré con Octavio”.

Siendo pequeña, con hermosura desde escasa edad, Martha solía bailar, cantar y actuar inspirada en la revista musical de la época. Cursaba el tercer año de secundaria en su natal Santiago Ixcuintla, cuando su compañero de estudio Sergio Arturo Venegas Alarcón la invita a integrarse a un grupo que dirigía don Chucho Arreola y que posteriormente fue nombrado Centro Cultural Ixcuintla.

Albergaba en ese entonces a la comunidad santiaguense de jóvenes con talento para la poesía, el canto y la declamación, así como otros menesteres literarios y musicales. En la tercera clase del día en la secundaria, pedían permiso al maestro para ir a dar gusto a su expresión por las artes. “Allí fue mi acercamiento con Octavio”.

Martha Hernández Drewien no deja aquí escapar la oportunidad para mencionar el inicial encuentro con Octavio Campa Bonilla, que la impactó de tal manera que a más de 45 años la imagen no se borra de su mente. Cuenta que en curso del primer año de secundaria, un grupo de compañeras asistió a la biblioteca del lugar con el propósito de hacer la tarea.

Era tanto el barullo de las jovencitas que la encargada de la biblioteca constante les llamaba la atención. No encontraban el significado de la palabra siderurgia. En ese momento entra un joven delgado, de barba y cabello negros, con una pila de libros en sus manos que entregaría a la biblioteca. “Con ese vozarrón que lo ha caracterizado dijo: ¿qué palabra buscan, señoritas? Y yo le contesté: siderurgia. Entonces soltó como metralla el significado. Yo, tan sólo por constatar que lo dicho era cierto, busqué en el diccionario hasta encontrar la palabra. Mi sorpresa fue, que tal como lo dijo, estaba prácticamente en el diccionario. Eso me impactó muchísimo”. La imagen del joven letrado jamás se vaporizó de su mente, aunque algunos años lo perdió de vista.

El reencuentro fue precisamente en el Centro Cultural Ixcuintla a donde Octavio Campa Bonilla acudía con regularidad para exponer al grupo su poesía. Era admirado por su trabajo literario, talento y buen conversador. Por su parte, Martha también causaba placer al contemplar su exquisita belleza, pero además por su gran capacidad para declamar, poesía sobre todo. “Era un ambiente bien bonito”, expresa con gozo.

Narra Martha que en ese tiempo se acercó al centro cultural un hombre que, procedente del Distrito Federal, vendía mercería a las tiendas de Santiago. Había trabajado en la carpa Ofelia, traía la experiencia de esa expresión cultural muy popular en nuestro país. Él los motivó para montar la obra de teatro llamada “El Cuarto Mandamiento”. Martha realizó el papel de hija del hacendado. El éxito fue grande, hicieron representaciones por los municipios de Compostela y Tepic. Vino entonces Amor Indio. Dice que el movimiento teatral de Santiago Ixcuintla surgió desde 1966 precisamente del centro cultural.

En 1969 fructifica la admiración mutua, pero más bien aquel amor de estudiante, pues Martha decide irse con Octavio Campa Bonilla para iniciar vida en pareja. En 1970 nace su primer hijo, Octavio, luego vendrían seguidos Sara y Arturo. Durante más de seis años se retiró de toda actividad teatral. Fue hasta que Campa Bonilla empezó a trabajar en el Instituto Mexicano del Seguro Social, cuando Martha lo acompañó a varios cursos de preparación que promovía dicha institución con los mejores teatreros del país de la época.

Explica que a ella no le entregaban diploma por su participación en los cursos, pero no le hace, adquiría cantidad de conocimientos. En la materia de actuación certificó que su aprendizaje empírico era avalado en aquellas exposiciones teóricas y prácticas de los mejores maestros del país y el extranjero. “Me halagaba saber que estaba en el camino correcto”. Octavio se hace cargo del Departamento de Difusión Cultural de la Universidad Autónoma de Nayarit, y ahí va con él Martha Hernández Drewien

Campa Bonilla abrió la oportunidad de cursar carrera profesional en la Universidad de Guanajuato, por lo que fueron enviados varios de entre el personal de Difusión Cultural. Pero el único, según cuenta Martha, que logró terminar estudios allá fue Jorge Ramírez Torres.

Recuerda que como jefe del Departamento de Difusión Cultural de la UAN, Octavio promovió la integración del grupo de pantomima, de donde precisamente surgió el mimo popularmente conocido como “Coco”, cuyo nombre es Antonio Ruiz. También participaron Benjamín Contreras y Juan Lamas, entre otros.

Martha se siente privilegiada por haber cultivado por años una estrechísima amistad con Jorge Ramírez Torres, quien prácticamente vivía en casa de la familia Campa Hernández. El egresado en artes escénicas de la Universidad de Guanajuato le platicaba a ella sobre sueños y proyectos de montaje teatral.

Fue con Jorge Ramírez como director como presentaron las obras El secreto guardado, cornudo apaleado; La Novia, monólogo donde Martha Hernández participó como asistente de director; la pastorela de Miguel Sabido (donde ella representaba al diablo y su hijo Octavio a un precioso ángel, dice), Casas de Cartón, Cadenas de amor y muerte, y otras. En referencia a estas últimas, Martha indica que son textos representativos de Federico García Lorca, puesta en escena que representó un sobre esfuerzo de actuación, así como de dirección, pero en cambio recibieron grandes satisfacciones.

Con este trabajo incluso se presentaron en el mismísimo Centro Universitario de Teatro, en la ciudad de México, “nos metimos al ojo del huracán”. Pero el éxito fue enorme, con felicitaciones arriba del escenario y comentarios “buenísimos”, porque los espectadores atestiguaron la calidad del grupo actoral de Nayarit  en virtud de la dificultad que entraña poner en escena tragedia y comedia, entre otras, de Federico García Lorca. Quedó demostrada la enorme capacidad directoral de Jorge Ramírez.

La intención de realizar mucho más cosas en el mundo mágico del teatro quedó con el fallecimiento de Jorge Ramírez, el 12 de agosto de 1995, a los 36 años de edad. Es aquí donde Martha Hernández Drewien no puede controlar el llanto, y entre lágrimas sostiene que al morir Jorge, ella no quiere saber más de teatro. Y se encierra en su tristeza. Rechaza todo aquello que pudiera recordar aquel al que consideraba su hijo.

La turbación de los sentidos causada por aquella pasión, la vino a terminar su hijo Octavio Campa Hernández cuando habían transcurrido más de seis años de la muerte de Jorge Ramírez. “Es un bello embaucador que me convenció que pusiéramos la pastorela de Miguel Sabido en honor a Jorge Ramírez. De allí como que me fui soltando un poquito más, me involucré en los quehaceres del teatro, iba hasta de espectadora”.

Martha se integró de tiempo completo al grupo “Júbilo, Colectivo Escénico”, que nace a instancias de su hijo Octavio del seno de los trabajadores jubilados del Sindicato de Empleados y Trabajadores de la Universidad Autónoma de Nayarit (SETUAN). El colectivo ha llegado a cien representaciones de la obra Farsa y justicia del señor gobernador, que es una adaptación del propio director, Octavio Campa Hernández, de la original de Alejandro Casona, donde Hernández Drewien personifica a una mujer alcohólica y descocada.

Se trata de un entremés (pieza de teatro jocosa y de un solo acto) donde la actuación de Martha Hernández Drewien es fuera del orden común, al espectador lo deja extático, prueba de ello es que cuando sale de escena los aplausos exceden lo ordinario. Desarrolla el fragmento del poema de Campa Bonilla titulado Justicia y Constitución, que no es otro el tema que la mala aplicación de la justicia en nuestro país.

Martha tiene descendencia alemana, su abuelo Federico Drewien, papá de su mamá, era nativo de Alemania, berlinés para mayor seña. De ellos sacó la blancura de su piel y ojos color verde. Sus padres fueron Sara Drewien Ibarra y Gregorio Hernández Tolosa. Nuestro personaje nació en Santiago Ixcuintla por la calle Galeana frente a la escuela Juan Escutia.


Del libro Júbilo tras el telón

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