Tepic, Nayarit, miércoles 22 de mayo de 2019

Vaivenes de la política

Oscar González Bonilla

08 de Marzo de 2019

A mi hijo Oscar González Huerta, con el amoroso afecto de siempre

Yo no tuve enjuagues políticos mucho menos de finanzas con José Félix Torres Haro, quien me dispensó siempre con su amistad por conocer a mi madre Hilda Bonilla Guerrero (qepd) desde que ella acudía a la escuela primaria Francisco I. Madero, cuya directora de entonces fue la maestra Ramona Ceceña.

La relación de afecto entre ellos tuvo su origen en la vecindad. La familia de mi madre en Tepic vivió por la calle León al norte, casi esquina con Mina, mientras que la de don Félix por la Mina entre León y Carnaval, hoy Mazatlán. Aunque muy dispares las condiciones económicas entre ambas familias, pues mientras los Torres Haro poseían camiones de transporte público, los Bonilla Guerrero sobrevivían del salario de un chofer de don Pablo Anaya y la venta de tortillas hechas a mano, por años conservaron la amistad.

Pero también Félix conoció a mi padre Donaciano González y González, porque muy común era que el conjunto musical donde “Shangay” participaba, lo contratara para dar serenatas u otras festividades la cofradía de bohemios que integraba Torres Haro, Rosendo Bañuelos, Luis Delgado y otros.

En los últimos años, casi en reclusión domiciliaria, Torres Haro salía sólo por urgente necesidad y con las debidas precauciones porque la violencia en Nayarit se recrudecía, con el secuestro como ilícito agregado, las entrevistas solicitadas solía ofrecerlas en pequeña oficina que tenía al interior de su domicilio particular de la calle Mina en Tepic. Él mismo acudía a abrir la puerta al sonido del timbre.

Recuerdo que en los diversos temas abordados fuera de grabadora me dijo: A ti no te ha dado por tener un periódico. No, le contesté. Eso es para audaces y para quienes tienen dinero, agregué. Gozoso me mostró el ejemplo de Elías Maldonado Oronia, exdirector del que fuera diario Censura impreso hoy desaparecido), sobre quien Félix sentía más que orgullo por saber que la empresa la llevaba viento en popa, con buena situación económica por jugosos convenios publicitarios en diferentes organismos de gobierno, así me lo explicó. Se sabe que Torres Haro aportó capital para la puesta en marcha de ese periódico. Esto nunca me lo dijo.

Terminó con la promesa de apoyarme para la creación de un periódico. Traeremos maquinaria de Estados Unidos, ya verás. Sólo dame tiempo para ver cómo se vienen las cosas. Se refería a la situación política de Nayarit, para entonces Félix Torres Haro hacía tiempo desertó militar en el PRI, habiendo pasado a otro partido (PT). A la memoria viene lo que un día me expresó Pomposo Sandoval (líder de la ACASPEN): “Mi compadre (Félix) ya cambió de partido, de religión, ahora sólo falta que cambie de vieja”.

La única relación política entre Félix y este reportero de la gente hubiera sido cuando las circunstancias en 1996 me llevaron a ser aspirante a síndico del Ayuntamiento de Tepic, cuya planilla priista la encabezaba Torres Haro como candidato a presidente. En esa ocasión, el comité directivo estatal del PRI que lideraba Filiberto Delgado Sandoval exigió a la organización de periodistas nombrada Asociación de Profesionales de la Comunicación de Nayarit (APROCON) la presentación de uno de sus integrantes para la candidatura a síndico. Se hizo la elección democrática y por dos votos de diferencia triunfé sobre don Francisco Javier Ocampo Mondragón.

Por casualidad en calle de Tepic me encontré a Félix, quien para entonces como diputado presidía el Congreso del Estado, y venturoso le di la buena nueva. Estuvo de acuerdo. Al PRI estatal se entregó por parte de APROCON la propuesta de mi persona para integrar la planilla como síndico al Ayuntamiento de Tepic. Si hizo todo lo concerniente a los trámites legales, rendí protesta colectiva en el palenque de la feria ante Jorge de la Vega Domínguez, jerarca nacional del PRI, mi nombre apareció en el Periódico Oficial.

A pesar de todo ello, un buen día leí en una publicación local haber sido desplazado como aspirante a síndico, en mi lugar colocaron a un sutsemista de apellido Soria. Esa mañana de inmediato me dirigí al Congreso del Estado, cuya legislatura se hallaba en sesión, para demandar explicación al atropello. Sentado en la curul de la última fila, cerca de las butacas al público, me fue fácil preguntarle al diputado Torres Haro la razón de la sustitución.

“Mira, fue orden de allá de arriba (era gobernador Rigoberto Ochoa Zaragoza), porque en uno de tus escritos atacaste al Ejército”. Eran los tiempos en que al sagrado Ejército Nacional no se le podía hacer ni la más leve crítica. No, le contesté, yo no ataqué al Ejército, sino más bien entré en defensa de compañeros periodistas. Para nada valieron mis argumentos, la orden de arriba estaba dada, no había marcha atrás.

A lo que el diputado Torres Haro se refería era a lo redactado en La Güipa, donde expliqué que algunos periodistas nuestros, entre ellos Servio Tulio Berúmen, fueron llevados por la fuerza al cuartel militar del noveno batallón en Tepic a fin de obtener información relacionada con el narcotráfico en Nayarit. A Servio Tulio, según su propia versión, lo sacaron de “cantarito” de la redacción del periódico donde en ese tiempo trabajaba y cuando menos un día lo mantuvieron secuestrado. En esa columna le pedía al Ejército que le buscara por otro lado, puesto que ninguno de nuestros compañeros reporteros tiene una pizca de relación con el narco.

Con ese pretexto me sustituyeron. Yo lo entendí como pago al SUTSEM por compromisos políticos contraídos. Félix echó la culpa al gobernador Rigoberto Ochoa Zaragoza, pero nunca supe que tanto influyó Torres Haro en la sustitución.

De esta  manera terminó la hegemonía que durante más de 30 años ininterrumpidos tuvo el medio periodístico de Nayarit sobre la sindicatura priista del Ayuntamiento de Tepic.

Haya sido como haya sido, con el fallecimiento de José Félix Torres Haro queda en el panorama político de nuestra entidad un lugar difícilmente de llenar. Fue además un hombre de extraordinaria sensibilidad humanista.


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