Tepic, Nayarit, sábado 21 de setiembre de 2019

Pa’ lo limpio ni jabón se ocupa

Ulises Rodríguez

18 de Mayo de 2019

Hace casi 150 años, Abraham Lincoln sentenció que “Puedes engañar a todo el mundo algún tiempo, puedes engañar a algunos todo el tiempo, pero no se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo”. La referencia a lo dicho por el honesto abogado de Illinois que llegó a convertirse en el décimo sexto presidente de los Estados Unidos se vuelve obligada al enterarnos de la noticia de que el Departamento del Tesoro del país vecino del norte dio a conocer que se incluía al ex gobernador de Nayarit, Roberto Sandoval Castañeda en su lista de sospechosos igual que a un magistrado del poder judicial federal en el estado de Guerrero, tomándose como medidas cautelares el congelamiento de sus cuentas bancarias y las de su familia. Desde el mes de marzo del 2017, cuando se dio a conocer la detención en Estados Unidos también del fiscal general del estado, Edgar Veytia, la relación entre el gobernador y muchos de sus funcionarios con el crimen organizado, amén de la inocultable corrupción en el gobierno, se hizo evidente. Para ocultar la verdad, Sandoval se valió de todos los recursos posibles, desde la compra de voluntades hasta la amedrentación y la amenaza cuando la primera no surtía efecto. Sus relaciones con narcotraficantes eran por todos conocidas y comentadas en el boca a boca, el papel de su sobrino Hugo como bróker del sexenio y los negocios al margen de la ley que se llevaban a cabo con las obras públicas de las cuales se obtenían millonarias ganancias. El error de Sandoval –presa de su limitado entendimiento y rupestre formación- fue pensar que, de la misma forma en la que había logrado desviar la atención de algunos mientras ostentó el poder, podría hacerlo con todo el mundo una vez que lo dejara.

Y es que, tal como lo platicaba anoche con mi admirada amiga Rosario, hasta ahora casi todo le había salido bien al ex mandatario. Concluyó su gestión sabiendo que la justicia en Nayarit no lo perseguiría, en gran parte por la tibieza del gobierno del estado y del fiscal general, Petronilo Díaz Ponce y también porque se sabía parte de un sistema intrincado de corrupción y simulación que extiende sus redes en todos los partidos, en todas las expresiones políticas y que va más allá de ideologías. En ese sistema tiene como una de sus normas aquella que reza que “perro no come perro”.

Al conocer la noticia ofrecida por el Departamento del Tesoro el día de ayer, muchos actores políticos locales pretendieron colgarse medallas que no les correspondían. Los procesos que se le han iniciado a quien gobernara nuestra entidad en el pasado sexenio han sido tibios en extremo y sólo habían fortalecido la percepción de que una vez más, Sandoval se saldría con la suya. Peor aún, es bien conocida también su extraordinaria relación con quienes integran la llamada “Cuarta transformación”, toda vez que su apoyo para MORENA en las pasadas elecciones fue bien recibido y era uno más de los seguros con los que contaba para salir bien librado de las acusaciones que cada vez se hicieron más constantes y a las que siempre respondía con evasivas y mojigatas bendiciones. Sin embargo, con su mayor cómplice preso en una cárcel de Nueva York, Roberto Sandoval debió suponer que sería cuestión de tiempo para que la justicia de Estados Unidos pusiera su mirada en él, ya que la de México había decidido voltear hacia otro lado. El gobierno mexicano colaboró, sí, pero a petición de parte, no por motu propio. Y es que los gobernadores corruptos de la última década, vinculados casi todos al crimen organizado, parecen tener el mismo pavor a la justicia estadounidense que los grandes capos de la droga, quizá porque cada vez resulta más difícil diferenciar a unos de otros.

Por la noche, en una entrevista que le hicieron a Sandoval Castañeda, con serenidad y un cinismo que lo caracteriza bien, afirmó que entre su familia y él no tenían en bancos, sino una cantidad aproximada a los 300 mil pesos. Al ex tablajero que pasó a ser diputado, alcalde y gobernador se le olvida que ya no ostenta –al menos de manera formal- el poder, ya no tiene los mecanismos para disfrazar la realidad ni para evadirla. El tiempo y la historia, jueces inexorables, le habrán de demostrar que fracasó en su intento de engañar a todos los nayaritas todo el tiempo, tal como hace años lo afirmó Abraham Lincoln.

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