Tepic, Nayarit, viernes 28 de febrero de 2020

Los sonidos más gratos al oído humano

Sergio Mejía Cano

01 de Julio de 2019

Allá a mediados de los años 70 del siglo pasado, en una revista de “Selecciones del Readers Digest”, leí un artículo referente a los sonidos más agradables para el oído humano. Obviamente que se enumeraban muchos en donde sobresalían los de las aves; sin embargo, mediante estudios,  preguntas, sondeos y encuestas  a varias personas se llegó a la conclusión que había seis 6 sonidos que sobresalían respecto a todos los demás.

En dicho artículo se decía que los sonidos más agradables y relajantes para la mayoría de la humanidad contemporánea eran:

1.- El llanto de un bebé al nacer.

2.- El romper de las olas del Mar.

3.- El correr del agua en los ríos y arroyos.

4.- El sonido del viento a través de los árboles y follaje.

5.- El crepitar de la leña en el fuego de la chimenea. Aunque este sonido estaba empatado con el caer de la lluvia, pero que ambos sonidos también estaban asociados con la alarma por un posible incendio y por las inundaciones, respectivamente. Y…

6.- El sonido del silbato de una locomotora en la lejanía, sobre todo en la madrugada.

Y sí, porque en la noche cuando ya la mayoría de los silencios se impusieron ya a los ruidos cotidianos del día, es muy grato oír cuando un tren pita a lo lejos anunciando su llegada o salida o cuando se aproxima a algún crucero público a nivel.

Y no creo que sea romanticismo por haber trabajado en el ferrocarril, sino porque en mi muy particular gusto, me agrada mucho oír el sonido del silbato de un tren  allá a lo lejos.

Y a propósito de sonidos. Les comento que allá a finales de la década de los 60 o principio de los 70 del siglo pasado, después de correr una buena parranda fuimos unos compañeros músicos y un servidor al Panteón Guadalajara (Panteón Nuevo), allá en los confines de la colonia Oblatos en la hermosa Perla Tapatía.

Resulta que uno de nuestros compañeros que tocaba trombón vivía  precisamente en el panteón, debido a que su papá era el conserje, pero ese día había tenido que salir fuera, por lo que dejó a nuestro amigo y un hermano a cargo del cuidado del cementerio.

Al llegar nos abrió el cancel su hermano quien no se sorprendió de ver llegar a su hermano hasta las chanclas y acompañado de otros bebedores de carrera larga.

Es común que pasando los 20 minutos de una hora o faltando 20 minutos para llegar a determinada hora del reloj, toda la gente se queda callada así esté buena la alegata, sabe por qué; pero serían como las 03:20 horas cuando nos quedamos todos los borrachos en silencio. De pronto se comenzó a oír un sonido como que si arrastraran cadenas, por lo que todos nos quedamos mirándonos pelando los ojos nada más y sin decir nada, mientras los dos hermanos que ahí vivían se nos quedaban viendo con una sonrisa como de burla.

Fue cuando uno de nosotros les preguntó que si entonces sí era cierto que se oían cosas en los panteones en la madrugada, por lo que los dos hermanos soltaron una fuerte carcajada y nos hicieron la señal de guardar silencio y que escucháramos con mucha atención.

Aclaro que en ese tiempo estábamos prácticamente en las afueras de la ciudad y no había muchas edificaciones alrededor del panteón ni más allá hacia el centro de Guanatos, pues el cementerio apenas estaba siendo rodeado por los asentamientos humanos; de hecho poco antes de llegar al panteón por la calle Belisario Domínguez estaban unos paracaidistas ocupando un lugar al que la gente le decía la Ciudad Perdida. Así que el silencio de la noche-madrugada y la ciudad más pequeña que hoy en día, se prestaba a que los sonidos se desplazaran a través del viento.

Así que poniendo mucha atención en el ruido de supuestas cadenas que andaban arrastrando los muertos ahí hospedados en ese panteón y que por supuesto nos había cortado la borrachera, paramos oreja por lo que comprendimos que el sonido provenía de fuera y de muy lejos, fue entonces que oímos el silbato de un tren en la lejanía y en ese momento los hermanos guardianes del cementerio nos comentaron que era el tren el que se oía, que ellos también de recién llegados se habían asustado pero que su papá les había aclarado el asunto.

El sonido era el peculiar que se hacía antes por los amarres de los rieles sobre los durmientes, por lo que el taca-taca-taca a lo lejos parecía el arrastre de cadenas en el suelo. Hoy ese sonido ya no lo hace el tren al circular sobre la vía férrea por estar soldado el riel, por lo que ahora se denomina vía elástica.

Sea pues. Vale.

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