Tepic, Nayarit, jueves 02 de julio de 2020

En Tepic, hace 30 años de la puesta en escena de Pastorela Mexicana

Oscar González Bonilla

17 de diciembre de 2019

Martha Hernández Drewien y Carlos Jug en la entrevista alternan la palabra gozosos al dar a saber que se cumplieron 30 años de la puesta en escena de la Pastorela Mexicana.

El texto de la pastorela es de la autoría de Miguel Sabido, considerado el experto número uno en ese género teatral. Hoy de 82 años de edad, Sabido es autor de siete pastorelas que se han vuelto clásicas en todo México, cuya representación por costumbre es durante las fiestas navideñas

Martha Hernández Drewien y Carlos Jug en 1989 como primeros actores realizaron papel protagónico en la obra de teatro que dirigió Jorge Ramírez, ya fallecido, y a Octavio Campa Bonilla correspondió la corrección de estilo de la obra antedicha. Martha Hernández tuvo a su cargo la representación del personaje de Diablo, mientras que Carlos el Ermitaño.

La Pastorela Mexicana que en aquel tiempo se representó en Tepic tanto en el Teatro del Seguro Social como en Teatro del Pueblo, tuvo la participación de actores y cantantes, así como grupos de ballet folklórico y musical (este último previa grabación), con la producción de Jorge Ramírez. Cinco fueron los actores principales y alrededor de 40 elementos más, puesto que las pastorelas son creaciones colectivas. Fue subvencionada por IMSS, UAN e ICANAY.

Se trata de una puesta en escena llena de comicidad, colmada de religiosidad. El Diablo es un personaje que se aparece disfrazado a los pastores que van a adorar al Niño Dios, y les pone en el camino varias tentaciones para evitar que lleguen a su destino: el humilde establo de Belén. Es un personaje más bien llorón, quien se lamentaba profundamente porque iba a nacer Jesús en Belén, con lo cual perdería influencia el poder del mal.

La obra teatral abarca la anunciación a la Virgen María; la aparición del ángel a los pastores para proclamar el nacimiento del salvador del mundo; su peregrinar hasta el pesebre; la adoración del Niño Dios y la presencia de los reyes magos. Abundan cantos, responsos y bailes festivos. Incluso los diablos organizan un partido de futbol (América-Chivas) entre los pastores, con el fin de distraerlos para evitar que vayan a Belén a adorar al Niño Dios.  

A los entrevistados pido rememorar el comienzo de ensayos para lograr la puesta en escena de Pastorela Mexicana.

Con voz de barítono, Carlos Jug, quien en la obra tenía a cargo la representación de El Ermitaño, abre el diálogo para exclamar: ¡Híjole, me aventaste 30 años para atrás. Está bien sabroso el asunto. Yo tendría escasos 20 años, trabajaba en ICANAY. En ese tiempo (1989) dedicados a la Feria de la Mexicanidad salíamos corriendo para participar en los ensayos bajo la dirección de Jorge Ramírez. Fue un proceso muy bonito. Proceso de mucho  color, mucho calor y mucho amor.

Dejan en claro que actores principales fueron Pía Echevarría, Mario Guerra, Octavio Campa Hernández, Lorenzo Zavala Flores y, por supuesto, los declarantes: Martha Hernández Drewien y Carlos Jug. Con su participación enriquecieron montaje el músico Roque García Ramírez, la cantante Mariana Vargas y el grupo musical Tennis Band.

Carlos recuerda que Octavio Campa Hernández en la obra personificaba al Ángel. Octavio era un joven esbelto. Lo asediaban las muchachas con el interés de pedirle autógrafo. Sin embargo, a mí ni me reconocían al salir del camerino, expresa el entrevistado con cierto dejo de envidia.

El proceso se dio con la magia directoral de Jorge Ramírez. Hilvanó el desempeño del cuadro de actores de manera magistral, nos traía a raya, apreciación de Carlos Jug. Conjuntó de manera extraordinaria las partes del texto, actores, ballet y música que al final obtuvo un precioso resultado, trabajo digno de ser reconocido.

Martha interviene para puntualizar que el ballet folklórico pertenecía al Taller Coreográfico Universitario, mientras que la mayor parte del grupo actoral tenía origen en el Taller Dramático Universitario.

Reconocieron que en ese tiempo no había grupo teatral que pusiera pastorela alguna. No supieron si mucho tiempo atrás lo hubiera hecho el grupo que dirigía Alfredo Castilla. Tras ello, Martha continuó: Tenemos una anécdota muy interesante por parte del profesor Thomé, quien acostumbraba viajar a la ciudad de México para presenciar pastorelas, le gustaba mucho, pero se convirtió en asiduo espectador nuestro, al grado que un día nos dijo: para nada tengo que ir a la ciudad de México, porque ustedes son chingones.

Enseguida Carlos expresa, en referencia a que el reportero hizo la asignación de que la representación de Pastorela Mexicana se convirtió en parteaguas, por lo menos en ese entonces no había un solo montaje de ese tamaño, y ese es un orgullo bastante grande que tenemos. Creo que a nosotros nos sorprendió de igual manera que al público. Probablemente ni siquiera nos dimos cuenta del diamantote que teníamos en las manos. Cuando se comienza a representar la pastorela también se empieza a armar un revuelo en Tepic. Era un montaje realmente excepcional, hecho especialmente para el Teatro del IMSS, también se presentó en el Teatro del Pueblo, pero le teníamos más cariño al primero, nos sentíamos como en casa.

Martha: En ese entonces el Teatro del IMSS tenía la “panza” que daba una preciosa acústica. Al centro del escenario dejabas caer una moneda y el sonido se escuchaba en todo el recinto. Era grandioso para los actores participar sin micrófono y ser escuchado hasta la última butaca. Por desgracia esa acústica desapareció.

A Martha Hernández Drewien en la pastorela le correspondió representar el personaje del Diablo, pero confiesa que se le dificultó. Chingado Jorge, no puedo. Diviértete, juega, recuerda cuando eras niña, vuelve a tu infancia, respuesta de Jorge Ramírez, quien pregonaba libertad de actuación. Me costó mucho trabajo sacar el Diablo porque venía de hacer Bernarda Alba, Doña Rosita la Soltera, etcétera.

Martha cuenta: Durante más de tres años hicimos temporadas de dos funciones por día, diez en total. Algunas a público abierto, pero hubo una especial para elementos del Ejército, nuestros vecinos por la cercanía del Teatro del IMSS con el cuartel militar. Uniformados los asistentes, todo el teatro se vistió de color verde. Los soldados estuvieron bastante divertidos. En otra ocasión, la función fue para agentes de Tránsito. Ándale que un día manejando coche en la ciudad me paso un alto y de inmediato me detiene un Tránsito. Ay agente, discúlpeme, mire este, no fue…de repente expresa: es el Diablo, señora, usted es el Diablo, adelante, pase señora. Otra: en la televisión salían anuncios de la pastorela, o quizá algunos niños fueron al teatro a ver la obra, el caso es que Jorge Ramírez y yo fuimos a Comercial Mexicana. Embolsaban lo que habíamos comprado, cuando un niño le llama a otro: ven, ven. Cuando se acerca le dice: mira, la señora es el diablo. Entonces, Jorge suelta la carcajada. Son anécdotas que te entusiasman para seguir adelante, te regocijan y te producen gusto.

Al paso de 30 años habrá entre los tepiqueños quienes se acuerden de su trabajo en escena, pregunto.

Martha contesta mediante el relato siguiente: diariamente dábamos dos funciones, ello durante diez días consecutivos. En ese entonces teníamos como vecinos a la familia del doctor Arias. Él y su esposa nos dejaban encargado en primera fila del teatro a su hijo Riqui Arias como de cinco años de edad. El niño se aventaba las dos funciones todos los días, pues los papás llegaban por él después de salir de trabajar. Hoy, adulto, Riqui recuerda  los parlamentos de la obra que se le grabaron en la memoria.

Es tanto el sentimiento que les produjo recordar al paso de 30 años el acontecimiento de la puesta en escena de Pastorela Mexicana, que Carlos Jug con infinita honestidad declaró habérsele enchinado la piel en tres ocasiones durante el diálogo, y en dos más a punto estuvo de soltar lágrimas. Eso me ocurre al acordarme 30 años después de un tiempo sumamente bonito, increíblemente muy divertido, gratificante, de agradecimiento a actores, a Jorge Ramírez y a nuestro público espectador. Fue una experiencia inolvidable que llevamos tatuada en nuestra piel.

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