Tepic, Nayarit, miércoles 22 de mayo de 2019

Imposible desprenderse de la actividad teatral, es su naturaleza

Oscar González Bonilla

07 de Marzo de 2019

Luis Alberto Bravo Mora se siente decepcionado, más que cansado o desesperado, por la falta de apoyo oficial a las diversas manifestaciones culturales de Nayarit.

Es férrea su voluntad de no tirar la toalla como director de escena. Tiene la decisión bien puesta de demostrar a las nuevas generaciones que se puede vivir del teatro, del arte.

Hace 24 años llegó a Tepic. Pleno de formación académica (radicó en Tijuana y Estados Unidos), pero literalmente afirma venir huyendo del teatro. En ese año de 1995, Luis Bravo es invitado por una compañera de secundaria a participar como actor en el Grupo de Teatro Zero de la Universidad Autónoma de Nayarit.

Arraigada en la mente traía la idea de hacer cosas diferentes, cine, por ejemplo. De allí que escogiera establecerse en la capital nayarita, pese a que Bravo tiene oriundez en  Santiago Ixcuintla. “Pero no fue verdad, en menos de una semana ya estaba integrado al teatro”.

De entrada se dedicó a observar. Durante una muestra estatal de teatro pidió a su compañero de actuación Roberto Ambriz, éste por años parte del elenco del grupo Zero, hacer cosas distintas a lo que veían sobre la muestra estatal en el escenario del IMSS. Le propuso intentar otro tipo de teatro.

Si tú diriges, yo te apoyo, Ambriz le respondió. Y manos a la obra, Luis Bravo asumió el reto. Sin embargo, el trabajo en lo sucesivo fue entre ambos. Para la UAN montaron enseguida la primera obra de teatro infantil: “La cola de mi hija, la lagartija” de Luis de Basave, con una despliegue de publicidad nunca visto en la entidad, en radio y mamparas distribuidas en cantidad de sitios, entre otros. Fue una estrategia que nos funcionó muy bien, sostiene Bravo, porque hicieron presentaciones durante larga temporada con excelente número de asistentes.

Lleno de malicia hace acopio de un recuerdo: el rector de la UAN, Alberto Rivera Domínguez, asistió a presenciar la obra. A la salida le cuestiona a Arturo Orizaga, quien como director del Centro Cultural de la UAN acompañaba a la máxima autoridad, ¿por qué nunca hiciste esto? Porque nunca nos apoyaste, contestó Orizaga.

Bravo acepta el ofrecimiento de dirigir el Grupo Zero cuando su director (Luis Méndez) se fue a cursar estudios a Francia. Con tal entusiasmo abrazó su trabajo que montaba hasta seis obras de teatro por año, por la sencilla razón que ingresó cantidad de jóvenes con deseos enormes de actuar, incluso se vio en la necesidad de formar un grupo infantil anexo, porque niños llegaron a raudales. El movimiento en el teatro universitario era inusual.

Regresa el titular del Grupo Zero (Luis Méndez) y exige el cargo. Luis Alberto Bravo es desplazado, a cambio le piden que dentro de la universidad haga su propia agrupación. Es así como nace el Grupo Universitario de Teatro Tepic (GUTT). Aún existe. Le prometieron plaza universitaria, “pero maldita plaza nunca llegó. Estuve chambeando tres años de gratis”. Persiguió la zanahoria, sin alcanzarla, durante todo ese tiempo.

Una vez consolidada esta nueva organización teatral, Bravo fue despedido. Para darle las gracias, dice que Arturo Orizaga lo llevó al bar Álica de esta capital. Luego de libaciones, el director del Centro Cultural Universitario tuvo la suficiente desfachatez para decirle: No podemos tenerte aquí, porque tu manera de trabajar nos exhibe como viles huevones.

Su memoria tiene registro perenne de lo acontecido ese día. Narra: Orizaga me cuenta la fábula de la liebre y el sapo. Había una tormenta tremenda, el sapo en una rama se balanceaba asustado porque el crecido río pasaba por abajo. Desde su madriguera la liebre lo observaba, siente compasión por el sapo y le dice: vente, te hago un lugar. Va y se mete a la madriguera, pero ya calientito y a salvo el sapo empieza a inflarse más y más hasta sacar a la liebre. Eso nos puede pasar a nosotros si sigues en la universidad, le expresó Orizaga. Le agradecí fuera tan sincero.

“Al partir de la UAN, comenzó mi deambular. Ensayar en parques. Era necesario porque no tenía espacio que ofrecer a la mitad de actores que siguió mis pasos. En las puestas en escena al público, la compañía utilizaba el eslogan: Luis Alberto Bravo presenta. Empecé a hacer los ahora tradicionales performance (actuación), como Día de Muertos, etcétera.

Dirigió enseguida sus andanzas teatrales en concursos fuera de la entidad con éxito. Fue de su interés darle continuidad a su formación académica. Iba y venía de adquirir conocimientos, al mismo tiempo que seguía en actividad de director de escena. Entonces invita a trabajar con él a la primerísima actriz nayarita Martha Hernández Drewien, a quien le hizo montaje especial para la participación en muestra regional de teatro.

También la dirige en obra denominada “Mañana inesperado”, cuyo autor del texto es Octavio Campa Bonilla, a la sazón esposo de Martha Hernández. En sí se trató de hacer homenaje al poeta Campa Bonilla en reconocimiento a su dilatada trayectoria literaria y cultural, mismo que se llevó a cabo en el auditorio de la Casa Fenelón.

En ese maremágnum de actividades Martha Hernández Drewien le sugirió buscara nombre a su compañía para lograr identidad. Tienes mucho trabajo escénico, pero no hay vinculación, le comentó.

Al término de la década de los noventas, sostiene Bravo, en Nayarit a los actores se les trataba como esclavos. Si uno de ellos se iba a participar en otro grupo era perseguido, señalado, repudiado. Me tocó ver todo eso. Creamos entonces el Ensamble Teatral TITUBA, no agrupación, no grupo, no compañía, sino un ensamble. En este mismo todo mundo podría trabajar en proyectos y, sí era su deseo, salirse sin ningún problema ni reclamo, mucho menos persecución. Alejado de la preocupación de estar con nosotros.

Las cosas empezaron a cambiar, continúa Luis Alberto. De pronto aparecieron los escenógrafos, surgieron autores y los derechos de autor. Empezaron a surgir muchas figuras que no eran tomadas en cuenta. Nuestro teatro era casi casi cavernícola, estábamos tremendamente atrasados.

Emigró Luis Alberto Bravo Mora a Santiago Tianquistenco, Estado de México, a estudiar por espacio de dos años con el maestro Luis de Tavira. Se trató de diplomados en dirección teatral. Jornadas académicas extenuantes, recuerda. Conjuntaron vacas sagradas del teatro para que nos impartieran clases. Después se largó a Pátzcuaro, Michoacán, para durante un año ganar conocimientos en Pedagogía Teatral.

Siguió picando piedra. Dirigiendo, montando, produciendo, creando. Ganó todos los galardones ofrecidos en los concursos de la actividad teatral en la entidad. Con su agrupación estuvo fuera de Nayarit y el país. Logramos algo tan anhelado como ser la primera compañía del estado en ganar, no por invitación, pase para representar a Nayarit en la muestra nacional de teatro.

Trabajar, trabajar, ha sido nuestro esfuerzo diario. Formar gente. Enseñarlos a elaborar sus propios discursos y no le den continuidad al mío, sino que el mío sea una parte de lo que ellos son capaces de decir.

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