Tepic, Nayarit, domingo 29 de marzo de 2020

El precio inflado en las facturas, un mal persistente

Sergio Mejía Cano

24 de febrero de 2020

A pesar de que el presidente Andrés Manuel López Obrador ha señalado constantemente que hoy en día la corrupción es delito grave y sin derecho a fianza, al parecer sigue habiendo funcionarios y personas sin escrúpulos que consideran este llamado como un discurso más, pues hasta en las mismas conferencias matutinas del presidente se han denunciado sobreprecios de varios productos adquiridos por dependencias gubernamentales, sobre todo en medicamentos y hasta bultos de semilla de maíz cuyos precios difieren bastante de la venta al público al que se factura.

No sería nada raro que si hay un puesto muy deseado por muchas personas de cualquier rubro, es que las designen como agentes de compras o estar en el departamento encargado de las mismas, quizás para aplicar aquello de “no pido que me den, sino que me pongan donde hay”, y todo debido a que es probable que un departamento de compras de cualquiera empresa, negocio o dependencia gubernamental, es en donde se podrían hacer ciertas faramallas como esa de inflar los precios de los productos que adquieren.

A finales de 1972 trabajando un servidor como oficinista extra en el Ferrocarril del Pacífico, me tocó agarrar una vacante como mensajero precisamente en el departamento de compras. Al segundo día de estar ahí me tocó llevar unos papeles de un escritorio a otro, espontáneamente bajé la vista a uno de los documentos que llevaba en la mano y vi que era una factura que decía: Guantes de piel, precio unitario $4.99, esto me llamó la atención debido a que a mi papá que era garrotero de camino le daban guantes pero de carnaza,  toscos, y no de piel, y dichos guantes de carnaza en una tlapalería cercana a mi casa en Guadalajara, Jalisco, tenían un precio de $2.50 pesos. Así que con mi inocencia juvenil y creyendo que había descubierto algo importante, le digo al empleado al que le llevaba esos documentos que ahí había una anomalía, porque si en la tlapalería los guantes que le daban a mi papá costaban $2.50, al mayoreo a la mejor costaban menos, y lo que estaba pagando el ferrocarril estaba mal.

Contra mi sorpresa, el empleado detrás de un escritorio lo único que hizo fue arrebatarme los papeles y llamándome la atención de por qué andaba mirando lo que no debía. Y tan, tan, se me acabó el corrido, al día siguiente me mandaron a la tabla de extras siendo que aún faltaban días para que se me acabara la vacante. Y todo por mirón y abrir la boca, pero con buena intención y sin ningún tipo de malicia. Así que ahora a toro pasado, intuyo que le estaban poniendo a esos guantes un precio inflado de posiblemente más de $3.00 pesos por par. Y hasta mi salida como trabajador del ferrocarril en febrero de 1998 seguían dando el mismo tipo de guantes de carnaza en todos los departamentos en donde se utilizaban para trabajar, siendo que contractualmente estaba estipulado que los guantes tenían que ser de piel y no de carnaza.

Cierto día al ir trabajando en un tren de carga de Tepic a Guadalajara, viajábamos en la cabina de la máquina principal aparte del maquinita, su ayudante y un servidor. Surgió la plática respecto a cuántos hermanos teníamos y si algunos trabajaban también en el ferrocarril, el maquinista comentó que su hermano mayor ya había muerto y en circunstancias trágicas. Dijo que su hermano era director en el departamento de compras de una dependencia del Sector Salud. Un domingo a principios de los años 80 del siglo pasado le dijo a su esposa que la acompañaría de compras al tianguis. Al pasar por un puesto de frutas y verduras, el hermano del maquinista vio que el precio del jitomate estaba a $5.00 pesos, por lo que le dijo a su esposa que si estaba de oferta, a lo que la mujer le respondió que no, que al contrario, estaba muy caro. A él se le hizo extraño el precio porque había visto en las facturas que tenía que firmar que le habían puesto a $25.00 pesos el kilo de jitomate; por lo que al día siguiente llamó al encargado de las compras y le hizo ver esta anomalía. A los tres días desapareció el hermano del maquinista y fue como hasta ocho días después que lo encontraron atropellado en el entonces incipiente periférico sur a las orillas de Guadalajara. Y comentó el maquinista que recibían llamadas amenazantes para que ya no insistieran en la investigación de la muerte de su hermano. Una de estas llamadas le tocó contestar a mi compañero y le dijo a quien llamaba que hicieran lo que hicieran ya no le iban a devolver la vida a su hermano, así que mejor ahí moría.

Sea pues. Vale.

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